Hay días en que te levantas como el Everest, sintiendo que serías capaz de follarte a cualquier cosa que se mueva. Esos días sales de casa y lo primero que percibes es que la vecina de enfrente, esa en la que casi nunca te has fijado, tiene un trasero que quita el hipo.
Llegas a la parada de bus tras girarte una decena de veces en 50 metros, la última al cruzarte con una china que te recuerda que a uno de tus mejores amigos le dan mucho morbo las orientales; parece ser que a ti también. Te sientas a esperar, cerrando los ojos para abstraerte de la realidad e intentar así dejar de pensar en cosas de comer. Bukowski viene a tu cabeza y te planteas buscar chicas tranquilas y limpias con lindos vestidos.
El trayecto hasta la universidad es liviano, poca conversación, la mayoría duermen, al menos sus neuronas. Decides hacer lo propio, para ver si te calmas, cafetería y póngamelo en vena por favor que de todo mi cuerpo solo una cosa está despierta.
Finalmente llegas a clase y el profesor suena terriblemente lejos. Ante ti sólo la compañera con la que el otro día hiciste un trabajo y un mar de emociones que se traducen en un ardor entre las piernas. Te esfuerzas por volver a la realidad pero Afrodita te atrapa y arrastra, te tienta como Satanás y su pan a un cristo hambriento.
Y el gran problema no es la tentación, el caer o no en ella, sino el mero hecho de la imposibilidad misma de caer por más que esta sea muy deseable.