Agosto 1955
Mi sexo gime. Lo mando al diablo. Insiste. Insiste. ¡Qué molesto es! ¡Cómo lo odio! Sexo. Todo cae ante él. Fumo para ver si se calma. Produce un alegre cosquilleo que recorre mi cuerpo. Dan deseos de tocarlo, de mirarlo, de ver de donde sale ese latir tan independiente de mi querer. ¡Es tan dueño de sí! Cruzo las piernas. Se calma un tanto. Sexo. El eterno sexo. Digo que lo odio, pero algo lo quiero ya que lo mimo tanto. ¡Al diablo! Hablo de él como si sería [sic] algo verdaderamente independiente de mí. Vuelve a aletear. Es muy tarde y la angustia asciende de nuevo. Pienso en ÉL y lo deseo. Pero, no como antes. Creo que jamás desearé apasionadamente a hombre alguno.
Alejandra Pizarnik
14 diciembre 2011 a 11:55 pm